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El Charco Fantasma

Actualizado: 14 may 2019

Breves historias de una tragedia anunciada

Por: Luis Aguiño- Sexto semestre de Comunicación Social


Fotografía de Andrea Eraso

Eran las 10:45 del jueves 27 de septiembre de 2018, bajo un sol inclemente, de

repente algunos habitantes del municipio de El Charco ubicado en la costa norte del mar Pacífico en el departamento de Nariño, echaron a correr por la calle El Real, hacia la parte baja del pueblo. Entre la corredera, el tropel de gente desembocó en la plazoleta, ubicada frente a la Iglesia Nuestra Señora de El Carmen, el pánico era generalizado. Las madres con lágrimas llevaban en las volandas a sus niños pequeños, los hombres paralizados dejaron de correr, la angustia y el temor se tomaron sus rostros.


“¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”, preguntaba alguien pasmado. Entre gritos se oía "La guerrilla"... ¡regresó la guerrilla!, mientras la gente huía en medio de las balas.


El viernes 28 de septiembre los charqueños se preparaban para el mercado de fin de semana. En algún momento entre las 2:30 y las 4:00 de la tarde un número indeterminado de hombres disidentes del frente 2 de la comuna Daniel Aldana, de las Farc, entraron al pueblo e instalaron un carro bomba en la calle Anzoátegui, sobre el costado izquierdo de la estación de Policía.


La explosión del vehículo, dejó una camioneta sin una puerta y marcó el comienzo del ataque guerrillero que todo el mundo esperaba desde el 25 de Agosto, puesto que ya se habían recibido amenazas con panfletos por parte de esta disidencia guerrillera. La explosión produjo los primeros muertos y heridos, algunas viviendas desaparecieron y bajo los escombros murieron la señora María Eugenia Cabezas, su hija Angélica y su nieto Rodrigo.


A Gloria Ángulo, habitante del mismo barrio, el conflicto la atrapo en medio de la plaza, angustiada, buscó refugio en la cantina El Chajal, pero una mujer la alertó para que se saliera de ahí. Hacerlo le salvó la vida porque el grupo disidente puso una bomba justo allí. Frente a ese lugar se ubicaba el despacho de las flotas y la vivienda del alcalde. Gloria se fue con el corazón en la mano para la casa de su madrina y allí permaneció hasta el domingo sin saber nada de los siete integrantes de su familia.


Ese mismo viernes a la hora del ataque, el padre Euferio Quiñones y el seminarista Artemio Banguera estaban reunidos con los 60 niños del grupo Pacífico para organizar el encuentro que tendrían al día siguiente. Con los primeros disparos que se escucharon a lo lejos se disolvió la reunión. Todos corrieron. Algunos de los menores, como la pequeña Sonia Ángulo, se fueron a sus casas. Otros se escondieron en el hogar de Dios. En la casa cural se refugiaron los sacerdotes y 20 personas más del pueblo.


En el otro lado del municipio por lo menos 40 personas, entre mujeres, niños y personal de salud, permanecían encerradas en las instalaciones del Hospital Sagrado Corazón de Jesús. Alrededor de las seis de la tarde, los guerrilleros ingresaron armados por sus propios medios al centro médico. Uno de ellos se identificó como comandante, luego dijo que iba a requisar el lugar y a todos los presentes. Afirmó además el hospital debía ser desalojado. Uno de los médicos de turno le replicó con vigor que era uno de los pocos sitios seguros de la población, a lo cual el comandante finalmente terminó cediendo a las suplicas, pero dejó a cuatro de sus compañeras en el hospital porque, según él "tenían que vigilar los celulares de los pacientes y el personal para que no salieran llamadas".


Fueron dos noches de pesadilla, el domingo en la noche llegó el respaldo aéreo mientras los policías aguantaban atrincherados en el comando. Ellos escucharon el ruido de los disparos del avión fantasma y de los helicópteros artillados.


Más tarde a las 7:30 p.m. los ex guerrilleros entraron al hospital con una señora herida en el cuero cabelludo por un objeto contundente, en pocos minutos no tardaron en llegar más heridos, esta vez por arma de fuego, entre ellos los esposos Gloria Carabalí y Artemio Ángulo, habitantes de la zona.


Los médicos de turno, Eduardo Hinestroza y Víctor Cabezas atendían la emergencia, para ambos médicos fue una de las experiencias más duras de su vida. No la podrán olvidar jamás porque, además de salvar vidas por heridas de combate, tuvieron que atender un parto difícil al filo de la medianoche. Un niño más que nació en medio del conflicto.


Mientras ocurrían estos hechos, en otro lugar no muy lejano los subversivos golpearon la puerta de la casa cural en repetidas ocasiones y a gritos preguntaron por el párroco, el padre Carlos Ángulo, quien en ese momento se encontraba en Llorente, Nariño. Ante el silencio y no recibir noticias del padre, los insurgentes decidieron poner una bomba debajo de la casa cural, como es de madera, les quedó fácil hacerlo. Los vecinos cuentan que una guerrillera los regañó, les dijo queno fueran tan ignorantes y que desactivaran la bomba.


Al parecer nadie durmió esa noche, ni ahí ni en otro lugar de El Charco. Las personas se mantuvieron despiertas a punta de tinto y pan con mantequilla que es algo tradicional de esta zona del Pacífico para calmar los nervios. Ya en horas de la tarde todo parecía volver a la normalidad, se veía a las personas regresar a sus casas con niños en brazos y mirando al cielo rezando para que esa pesadilla no se repitiera jamás.


Dos días después de la culminación de la toma, el ejército patrullaba las calles mientras algunos charqueños partían hacia las poblaciones cercanas o en definitiva a Tumaco.


En medio de esa tensa calma luego de la toma, una señora de 65 años, Socorro Ángulo, simbolizaba el destino de El Charco como el de muchos municipios del pacífico nariñense que han sido blanco de la agresión de este tipo de insurgentes. Ella permanecía acurrucada sobre las ruinas de lo que fue su hogar, destruido por el carro bomba y donde había muerto su nieto, vestida con una falda morada, blusa verde con flores azules y rojas, protegida del sol por una sombrilla negra, gritaba una y otra vez a un hombre y un muchacho que hurgaban entre los escombros de su casa con un tono demencial…


“¡Los zapatos están debajo del armario¡… ¿no encuentran los zapatos?…¡no encuentran los zapatos,¡¿no encuentran los zapatos?¡”.

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