Navegante del diario vivir

Actualizado: 24 feb


La huérfana marea susurraba con desdén frente al descarado pescador que audazmente se enfrentaba una vez más al mar.


El indomable océano rugía en éxtasis, ninguna costa era rival para las olas que arremetían en un regocijo de fuerza.


Los peces desde su refugio burbujeante eran testigos de la amenaza insolente del arpón.


Hoy se anclarán los anhelos de las aguas en el corazón de un marino.


Fotografía: Jazmín Pantoja

La Perla del Pacífico es la viva imagen de una fiesta. No importa la fecha en la que se visite, siempre se escucharán distintos géneros musicales siendo expulsados por equipos de sonido al máximo de volumen. El trago es el acompañante invitado a todos lados. El baile en cada esquina nunca falta, y el alboroto provocado por el ambiente playero se reproduce instantáneamente. Todo esto viene en un paquete acompañado por luces intermitentes e interminables filas en discotecas de lo más atractivas para pasar un buen rato. Claramente, si eres un turista, eso es lo único que conoces de Tumaco, lejos de las maravillas naturales, gastronómicas o culturales que tiene para ofrecer.


Con personas que intentan imitar estilos de vida ajenos a la isla, Tumaco muestra dos caras de una misma moneda. Al contrario de muchas personas que esperan una fiesta para convertir su hogar en una feria de placebo, hay cantidades enormes de hombres y mujeres tratando de sobrevivir con trabajo duro, que son consideradas el pilar e incluso artífices del divertimento en estas reuniones.


Dentro del país de los invisibles es raro hablar de los problemas ocultos. Después de todo, a ninguna alcaldía le conviene mostrarle a un visitante cuántos agujeros hay en la vía hacia su hotel; cuántas casas de madera envejecida se encuentran en la zona aledaña a la gran fiesta que planean; mucho menos le va a interesar la situación de las personas que gastaron su tiempo consiguiendo la comida que ofrecerán a precios exorbitantes. Al fin de cuentas, romantizar las condiciones precarias en las que trabajan estas personas, y pintarlas como historias de superación ante la adversidad frente a los medios, les posibilitará ganar medallas y halagos; que, por supuesto, ni en mil años compartirán con los olvidados a los que durante tanto tiempo han explotado.


La isla se cae por pedazos; en la periferia se está al tope de invasiones en condiciones inhumanas (sin una señal visible de mejoría), y la tasa de trabajo informal está desbalanceada (la remuneración es mísera y según un reporte de la Cámara de Comercio de la ciudad, el desempleo en el 2019 se situó en el 88%, con 146.533 personas desocupadas, de una población económicamente activa de 165.679.). Tumaco es un barco que se hunde y está siendo tragado por su propio abandono, tan solo unos cuantos saben cómo salir.


Una multitud de rostros inundan las calles. Miles de ojos buscan a quién contar su historia; mientras tanto, sonríen; sin saber cómo les responderá el mundo mañana. Es el caso del joven mototaxista que no pudo encontrar un trabajo al terminar sus estudios; el de la señora que con su cabellera envuelta en un pañuelo de tela se pasea con una bandeja de mangos en sus brazos o el del hombre que con sus hijos recoge basura en los puentes, buscando qué reciclar.


El pescador sale de su trabajo después de una jornada que para él es infinita, y carga en su brazo una bolsa con un par de pescados. Su ropa está empapada y sus chanclas le gotean. El pescador evita chocar con las personas al caminar, y se detiene a comprar arepas donde la vecina de la avenida. Mientras espera, conversa con los clientes, con los transeúntes o quien ande por ahí ávido de la palabra.


Contumacia incandescente


Rafael* es pescador, su abuelo lo fue, su padre le enseñó lo más básico y él, por su cuenta, dedujo el resto. Antonio*,su padre, quería que se dedicara a algo distinto, no tan pesado y con lo que pudiera pasar tiempo con su familia, pero él, en su terquedad, decidió continuar con el negocio al terminar con sus estudios en el Liceo Max Seidel.


Fotografía: Jazmín Pantoja

Se aproxima una mañana desapacible. Repentinamente el sol hace su aparición emergiendo por encima de la línea que subraya el horizonte. Para los ojos de cualquiera que se aventure a las aguas por primera vez, este sería un espectáculo impresionante, un deleite visual sacado de un cuento y convertido en realidad, pero de forma antagónica para los veteranos navegantes, la malicia que se esconde detrás de las brasas centellantes del astro que recién se asoma, simboliza una nueva jornada de trabajo incesante que los molerá y les quitará cada una de sus fuerzas en este nuevo día.


La jornada empieza a las 4:00 de la mañana, Rafael se levanta un par de minutos antes —una vez llegó tarde al muelle y las lanchas habían zarpado sin él. Desde aquella experiencia procuró siempre estar a tiempo—. Luego de organizar la ropa sobre su cama se dispone a caminar con pasos ligeros hacia el baño, lo hace con tacto, pues se están reactivando las jornadas presenciales en los colegios de la zona y Andrés*, su único hijo, tendrá que levantarse en un par de horas, así que lo último que espera es despertarlo.


Ya que Tumaco no cuenta con un sistema de acueducto o alcantarillado, cada dos semanas se envía agua para que las personas llenen sus tanques en casa. Esta semana olvidaron mandar agua a su barrio, así que Rafael tuvo que equiparse con su confiable y agrietado balde amarillo, y con su veterana y oxidada olla plateada. Rafael se dirigió a la pila del patio para conseguir el agua de la ducha; no iba sobrado de tiempo, debía ser ágil y precavido, la poca luz que se filtraba por debajo de la puerta del patio no era suficiente para guiarse en la oscuridad.


Luego de abrir levemente la carcomida pero aún firme puerta de madera que daba salida al patio, Rafael confirmó, gracias a un vestigio de luz, que pronto amanecerá. Rápidamente, con su balde rebosando, logró llegar hasta el baño y con hábiles olladas y la magia del jabón (que es el que más le gusta a su esposa), pudo salir en menos de 15 minutos. Se secó mientras caminaba a su habitación, casi eran las 5 de la mañana; se había percatado que su travesía por el agua había tardado más de lo que esperaba y se estaba quedando sin tiempo.


Después de una comida relámpago y ya vestido con su “uniforme” laboral: una camiseta esqueleto para asegurar la frescura, un short (producto de un jean viejo que fue recortado a la mitad) con algunos parches, un par de chanclas un poco rayadas y una gorra color mostaza chillón, Rafael recibe los besos de despedida de su esposa, la bendición que nunca falta y algunas palabras de aliento que sin duda recuerda durante el trabajo.


La llegada al muelle es implacable. Cuando Rafael termina su recorrido desde el puente Márquez hasta la zona pesquera, entre el caos del terreno comercial, el insidioso sol que presume su altanero brillo matutino se encuentra en la posición ideal para provocar desesperación a cualquiera que se atreva a encararlo.


A sus 48 años, Rafael está seguro que no desea el mismo destino para Andrés. Él haría cualquier cosa para evitar que su hijo desaproveche una oportunidad y que quede atascado en las jornadas de pesca bajo el sol de la isla.


El muelle está encendido como un horno. A diferencia de la zona de desembarque donde los trabajadores usan botas altas, las chanclas de cuero de los pescadores empiezan a fundirse con sus pies mientras sus dedos, durante los peores días, se achicharran.


Antes de las 6 de la mañana los trabajadores más madrugadores son los predilectos para desenredar las redes de pesca, no importa lo bien organizadas que las dejen el día anterior, siempre encuentran una forma de volverse a enredar. Un poco vago, pero astuto, Rafael prefiere acomodar los remos y las lanchas, y limpiar los anzuelos, considera que esta tarea es menos engorrosa que perderse entre infinidades de malla y nylon bajo el inclemente calor del muelle.


Redada costera



Rafael trabaja con un poco más de 40 personas divididos en grupos de cinco los cuales cubren una gran parte de los arrecifes de la zona. La pesca en solitario nunca funciona; intentar vender de esta forma solo sería una pérdida de tiempo y de recursos: Los pescados no refrigerados tienden a pudrirse rápido. Armar grupos asegura que las grandes empresas o las pesqueras compren el pescado.


El capitán encargado de la embarcación de Rafael es el más puntual de todos en el muelle, siempre tiene preparada la zona a la que irán cada día y una lista de los peces que deben traer por lugar: En las costas tumaqueñas desembocan múltiples ríos, esto hace que se generen gran cantidad ecosistemas donde pueden hallarse desde corvinas y pargos hasta moluscos y mariscos. El capitán es consciente de las áreas que no se deben navegar, hay costas que colindan con la frondosa jungla y no es muy recomendable exponerse a los ojos de los innombrables. Atraer problemas no va de la mano con la paga.


La pesca artesanal no es fácil. Cuando las lonas son lanzadas al agua, Rafael se moja todo el cuerpo, los peces empiezan a pelear con todas sus fuerzas y el barco se sacude hacía los lados. Si se tiene mal equilibrio, es probable que Rafael caiga al agua. Por fortuna para él, las jornadas costeras son simplemente de día por medio, a diferencia de las oceánicas que toman semanas enteras en altamar. Por supuesto, lo que se obtiene es distinto, a mayor profundidad es más fácil encontrar presas de tamaños descomunales y fileteables cuanto más. No es raro ver canastas de poliestireno llenas a tope de torsos y aletas enormes, sin duda alguna es una verdadera sorpresa cuando se consigue un pez de gran tamaño cerca de la costa.


A Rafael le encantaría pescar algo con un peso equivalente al suyo, seguramente perdería la cabeza de la alegría, pero el precio de irse por más de dos días sin ver a su familia no lo dejaría dormir en paz. Existe también el hecho de que halar hasta el bote las redes desde tales profundidades sería un trabajo bastante pesado. En ese aspecto sigue prefiriendo las tilapias juguetonas que no pelean tanto después de alcanzar el anzuelo y ser arrastradas a la lancha.


Pese a que se comparta espacio marítimo con otros grupos, hay que asegurar una buena cantidad de pescados al finalizar el ciclo diurno. Es peligroso rondar las aguas de noche, las olas se agitan y podrían volcar la lancha, sobre todo en épocas de lluvia donde un descuido podría hacerla desaparecer entre los caudales. Respecto al encontrar peces, no es que duerman por mucho tiempo, pero luego de que se esfuman en el fondo es un completo tormento tratar de hallarlos.



Destinos alternativos


Hay que dejar que los peces incuben a sus crías; agotar rápidamente los recursos los dejaría sin un negocio al cual acudir, de ahí la división de zonas y las temporadas de pesca en arrecifes específicos. Anteriormente no había tantas facilidades a la hora de pescar y eran necesarias mayores cantidades de ayuda, pero durante fechas de poca demanda las entregas son contadas y la paga para tantas personas se reduce a menudo. Cuando las temporadas pasan y no hay avances, se hace recorte de personal; gracias a que varias generaciones de su familia han estado en la recolecta, Rafael nunca ha tenido que ser despedido, pero sí ha visto irse a muchos compañeros.


Donde va a parar la carne no es un misterio para Rafael. En un par de ocasiones ha sido invitado a hacer las entregas en el camión con refrigerante del capitán. A lo largo del año los restaurantes son los que más piden grandes entregas. Los turistas que suelen llegar aprovechan las mínimas oportunidades en fines de semana corridos para visitar la isla. Se debe tener una buena ración para cada momento y si el producto es de calidad es muy probable que los vuelvan a contratar para una futura entrega.


Las calles del centro tumaqueño funcionan bajo el mismo concepto que las de cualquier otra ciudad del país: reunir gente, convencerlos de comprar y rezar para que el próximo interesado se decida a entrar en el negocio. Lo que hace especial al comercio de la isla es su estructura laberíntica, si se llega por primera vez es una garantía perderse: Los cientos de personas aglomeradas empujándose entre sí, el ruido ensordecedor de vendedores anunciando su producto y las motos más “avispadas” tomando un atajo entre la multitud para llegar rápido a su destino, seguramente inciden en el hecho de no encontrar una salida.


Existen tratos con los negocios pequeños, los pescados sobrantes que no alcanzan a entrar a las ventas en mayoría que se ofrecen a los restaurantes y pesqueras terminan siendo regateados en lo que denominan El Comercio, un Bazar infinito. Rafael, de niño, aprendió a guiarse en él gracias a los olores. Generalmente las señoras de los establecimientos de comida desechan cerca de una de las salidas en la sección de comestibles las frutas y verduras podridas hasta que pasa el camión de la basura a recogerlas. Para él esto es un indicador de la entrada al lugar.


Un pasillo largo y angosto lleno de mujeres de todas las edades sentadas a ambos lados de la calle esperan con sus bandejas a alguien que compre su pescado, en este caso, alguien que les venda una ronda más fresca de los especímenes para ofrecer.


Cómo una especie de semejanza, Rafael considera que las señoras que venden sus pescados y tienen una clientela fija en el comercio se parecen a él y a su grupo haciendo entregas en restaurantes. Al contrario, y en contraste a ese sentimiento, se entristece por los pescados que no logran venderse. Fue un trabajo arduo conseguir esos peces, en la mejor de las situaciones son regalados a los pescadores, pero los que no encuentran lugar para refrigerarse se ponen viejos y son ofrecidos en los negocios del comercio, sin embargo cuando estos tampoco encuentran compradores son botados al llenarse de gusanos y empiezan a pudrirse bajo el sol.



Por decisión propia


Rafael valora su trabajo. Él se encuentra muy lejos de ser ingenuo y tiene conciencia que el salario para su condición no es el mejor. Desde su perspectiva el ser pescador es considerado una costumbre después de tantos años dedicándose a lo mismo, inclusive llegó a pensar que nació para esa tarea. En esta vida no podría emplear sus fuerzas en nada más, ha encontrado su afinidad en las redadas costeras.


Los pescadores de profundidad tienen seguridades al estar bajo semi contratos de las grandes empresas marítimas, un mínimo mensual los espera en casa tras semanas de estar extraviados en embarcaciones de pesca en masa. El mundo para los pescadores de costa es distinto, no se puede hablar de jugosos cheques en un país como Colombia, mucho menos de un sueldo estable en un lugar como Tumaco que está plagado de trabajos negligentes y de retribuciones miserables por jornadas enteras de esfuerzo.


Rafael es un viejo conocido de las pagas quincenales que se le entregan por su trabajo, anteriormente eran mensuales, pero con el reciente posicionamiento de Tumaco como un sitio más visitado en los últimos años puede gozar de esa especie de ventaja. Aunque suene bien, recibir cada 15 días un poco más de la mitad del sueldo mínimo durante las mejores épocas del año, no es precisamente un lujo.


Pagar servicios es un sufrimiento constante, durante la peor etapa de la pandemia tuvo que conseguirle un buen celular a su hijo y contratar un mejor servicio de Internet para sus clases virtuales, de esos inconvenientes surgieron deudas y descuadres que no ha podido solucionar hasta el sol de hoy.


Anecdóticamente y frente a las adversidades, en un momento llegó a lanzarse al mundo del mototaxismo de la mano de un vehículo prestado por su cuñado durante los días que no era llamado a los muelles. Buscaba equilibrar junto con su esposa la balanza de ingresos para su hogar, pero frente a la cantidad ridícula de personas que buscan ejercer ese trabajo tuvo que regresar a la encrucijada de únicamente dos opciones, la pesca o el desempleo.


En ocasiones se siente de manos atadas, festividades como la Semana Santa o las vacaciones de mitad de año hacen que el negocio de la pesca sea un poco más movido por el impedimento de las carnes y los visitantes que suelen llegar, desafortunadamente en un mes común y corriente es probable que la paga que reciba sea reducida o no consigan contratos a secas.


Desde siempre la familia de Rafael ha sido muy creyente. Él nacimiento del niño Dios en la noche de navidad es un verdadero alivio más allá del simbolismo, las navidades siempre son lo mejor para los vendedores de pescado. Las familias de la costa no reemplazarían ni en un millón de años sus ceviches y combinaciones marinas por un plato de carnes frías con verduras enlatadas. Hay que ser agradecido y para Rafael honrar al hijo de Dios disfrutando de un pescado en su fecha es su forma de hacerlo, después de todo una figura santa como San Pedro también llegó a ser pescador.

Rafael está cerca de los cincuenta años y planea seguir trabajando hasta estar seguro que puede lanzar a su hijo al mundo sabiendo que podrá defenderse por sí mismo, pronto ya no tendrá tanta fuerza y los trotes de las jornadas largas serán más complicados.


Lo único que espera el viejo pescador curtido por el mar es que este año las ventas sean de las mejores de su historia. El regalo que más apreciaría sería que su jefe lo sorprendiera diciéndole que hasta el último marisco que consiguieron atrapar en sus redes fue vendido. Aún no puede estar tranquilo; no obstante, prefiere no amargarse por la incertidumbre. La vida del pescador es agitada al igual que las aguas que suele navegar.

_____________

* Por asuntos de privacidad, los nombres de las personas entrevistadas han sido cambiados.


75 visualizaciones1 comentario

Entradas Recientes

Ver todo