Comunicación Social | Universidad Mariana | ISSN- 2981-3832
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Entre fronteras y barreras: la voz de una segunda oportunidad
Entre fronteras y barreras: la voz de una segunda oportunidad

Por: Anne Sophia Vasquez Romero y María Fernanda Jiménez Morales, estudiantes de la Universidad EAN de Bogotá


Está crónica nace de de una alianza entre las Universidades Mariana y EAN de Bogotá dentro del marco de la investigación: Prácticas formativas de la oralidad formal en Educación Superior. Este proyecto fue liderado por los docentes: Mg. Paula Ospina de la Universidad EAN y Dr. Eyner Fabián Chamorro Guerrero. El trabajo se realizó por medio de la metodología COIL, un trabajo colaborativo entre ambas instituciones.

“Todo en mi vida había cambiado desde que crucé la frontera con mi familia; sentí miedo por lo desconocido. Era un país diferente, con costumbres distintas. Nunca imaginé lo duro y difícil que iba a ser para mí”, dice Franyelith Arianni Salas Cañizalez, una joven de 19 años apasionada por el arte, la literatura y el estudio.

Llegó desde el estado Zulia, en Venezuela, junto a su familia, en busca de una mejor calidad de vida en Colombia. Sin embargo, las barreras económicas y sociales, en muchos casos, se convierten en un obstáculo para alcanzar ese sueño. Según Migración Colombia, cerca de 2,8 millones de venezolanos viven actualmente en el país. Por su parte, un estudio del Observatorio de Migraciones y Movilidad Humana, realizado entre julio y agosto de 2024, registró 590.737 migrantes venezolanos en Bogotá, lo que equivale al 7,4 % de la población de la capital.

Franyelith, migrante venezolana (Foto: Anne Vasquez).

En Venezuela, Franyelith vivió jornadas educativas sin acceso a servicios básicos como luz y agua, en instituciones donde —según relata— algunos docentes defendían un gobierno con rasgos autoritarios que afectan a la población.

Llegó a Colombia sin conocer a nadie. Ingresó a un colegio donde la discriminación y la xenofobia marcaron sus primeros meses. “Algunos me miraban con curiosidad y otros con disgusto. No entendía cómo podían juzgarme sin conocerme, solo por ser de otro país”, recuerda. En esa etapa, el dolor fue constante. Con el tiempo, al cambiar de institución educativa, su experiencia mejoró: logró construir nuevas relaciones y fortalecer su proceso de adaptación.

“En la búsqueda de un colegio nos rechazaron por ser migrantes venezolanos. Cuando fui aceptada en el primero, sufrí mucho bullying. Lo más duro es que la discriminación no venía de los colombianos, sino de los mismos venezolanos. Y cuando los profesores se daban cuenta, no hacían nada”, cuenta con tristeza, al recordar uno de los momentos más difíciles de su vida.

Su historia no es aislada. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el 26,8 % de los migrantes venezolanos afirma haber sufrido discriminación en su vida cotidiana y en la búsqueda de empleo. A esto se suman las dificultades para acceder a vivienda, pues muchos propietarios rechazan arrendar a personas extranjeras.

Franyelith y su familia también enfrentaron fuertes afectaciones emocionales durante su proceso de adaptación. “Cuando llegamos no conocíamos a nadie. Todos estábamos pasando por problemas emocionales, incluida mi mamá. No tuvimos ese apoyo familiar que uno necesita. Me sentía muy sola y hubo momentos en los que ya no quería nada”, relata.

Un informe de 2020 de la Pontificia Universidad Javeriana sobre salud mental en población migrante venezolana en Colombia señala que los trastornos más frecuentes son la ansiedad (9,8 %), la depresión (8,8 %) y el consumo de sustancias psicoactivas (6,2 %). También se identifican síntomas como el estrés (2,1 %) y el llanto frecuente (1,0 %), asociados a factores como la separación familiar, la precariedad económica, la dificultad para acceder a empleo y vivienda, y la constante sensación de incertidumbre.

Pese a las adversidades, Franyelith reconoce que la migración transformó su manera de ver el mundo. “Este proceso me hizo más madura y consciente. Debemos aprender a aceptar las diferencias y no juzgar, porque no conocemos las batallas de los demás”, afirma.

Franyelith, migrante venezolana (Foto: María Jiménez).

En Venezuela, la situación económica de su familia era crítica. Dependían únicamente de los ingresos de su padre y, en ocasiones, apenas podían cubrir dos comidas al día. Hoy, en Colombia, trabaja ocho horas los fines de semana para apoyar el sostenimiento del hogar, mientras continúa su formación académica. Su rutina está marcada por la disciplina y la resiliencia, en un esfuerzo constante por gestionar sus emociones y salir adelante. “Vivir es lo más fuerte y valiente que hacen todos los seres humanos”, reflexiona.

Uno de sus mayores retos fue continuar con su educación. Sin recursos suficientes ni apoyo institucional, acceder a estudios superiores parecía inalcanzable. Además, su familia percibía el ingreso a la universidad pública como un proceso complejo debido a los requisitos. De acuerdo con un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (2024), de cada 100 estudiantes en colegios públicos de Bogotá, 8 son venezolanos. Aunque su presencia ha aumentado —de 3.717 matriculados en 2018 a cerca de 65.000 en los últimos años—, persisten dificultades como la falta de protocolos contra la discriminación y obstáculos administrativos que limitan el acceso y permanencia en el sistema educativo.

Franyelith, migrante venezolana (Foto: María Jiménez).

Hoy, Franyelith está más cerca de cumplir su sueño: ser profesora de español. Actualmente cursa la Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, con el apoyo de su familia y amigos.

“Cuando me dieron el resultado de admisión estaba muy emocionada. Todos lloramos. Yo quedé en shock. Ese fue el momento más feliz de mi vida”, recuerda con una sonrisa.

Según el informe Todas Somos Dignas (2025), del Observatorio Nacional de Migraciones, en 2023 se registraron 13.858 estudiantes venezolanos en instituciones de educación superior en Colombia. De ellos, el 52,3 % son mujeres.

Para Franyelith, una educación de calidad debe garantizar igualdad: “Debe ser un espacio donde nadie sea tratado diferente por su nacionalidad, su color de piel o su situación económica. La educación debe formar mejores personas”. A futuro, sueña con realizar una maestría o un doctorado y convertirse en una docente que inspire y deje huella.

Finalmente, envía un mensaje a otros jóvenes migrantes: “Tengan paciencia y resiliencia. Siempre vamos a querer regresar a nuestro país, pero también hay oportunidades en nuevos territorios. No nos rindamos. La fuerza de un pueblo está en los jóvenes”.

Franyelith, migrante venezolana (Foto: María Jiménez).

Como ella, miles de migrantes ven en la educación una oportunidad para reconstruir sus vidas, integrarse y ofrecer un mejor futuro a sus familias. Cada historia confirma que aprender también es una forma de sanar y volver a creer en el porvenir.