Comunicación Social | Universidad Mariana | ISSN- 2981-3832
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Julián Yarpaz: el estudiante de Comunicación Social que conquistó el teatro universitario nacional 
Julián Yarpaz: el estudiante de Comunicación Social que conquistó el teatro universitario nacional 
Julián Yarpaz: Comunicación Social, teatro y un reconocimiento nacional que inspira

Cuando Julián Yarpaz recuerda aquellos días, lo primero que aparece no es el premio. Tampoco la ceremonia ni los aplausos. Lo que vuelve a su memoria es una semana en Cali, una de esas semanas que cambian el rumbo de las historias sin que nadie lo note en el momento.

Había llegado junto a sus compañeros del grupo Unicornio para participar en el Festival Regional de Teatro ASCUN. Eran estudiantes, artistas en formación y soñadores que encontraban en el escenario una manera de decir aquello que no siempre cabe en las aulas. Lo que sucedió allí superó cualquier expectativa.

La obra obtuvo el reconocimiento a Mejor Obra. También llegaron los premios a Mejor Actriz, Mejor Música Original y Mejor Actor. Ese último reconocimiento fue para Julián, estudiante de Comunicación Social de la Universidad Mariana. Pero detrás de cada galardón había algo más importante: la sensación de que el trabajo colectivo estaba dando frutos.

Las voces de Juliana Dávila y Victoria Martínez enriquecían una propuesta musical construida desde la creación conjunta. Camilo Morales, también estudiante de Comunicación Social, aportaba composiciones que terminaban convirtiéndose en parte fundamental de la puesta en escena. Nadie parecía trabajar para lucirse individualmente. Todos estaban ocupados construyendo una obra que respiraba como un organismo vivo.

Aquella victoria regional les abrió la puerta a un nuevo desafío: representar al suroccidente colombiano en el Festival Nacional de Teatro ASCUN, programado en Bucaramanga.

La noticia fue emocionante. También inquietante.

Viajar hasta Santander exigía recursos que no siempre están al alcance de un colectivo universitario. Entonces comenzó otra obra, una que no se representó sobre las tablas sino en la vida real.

Hubo reuniones, gestiones institucionales, funciones especiales y actividades para recaudar fondos. Vendieron hornado. Organizaron presentaciones. Buscaron apoyo. La Universidad Mariana contribuyó con parte de los gastos y el grupo hizo el resto.

No era únicamente reunir dinero. Era demostrar cuánto estaban dispuestos a apostar por aquello que amaban.

Cuando finalmente llegaron a Bucaramanga, el viaje parecía recompensar todos los esfuerzos. Se alojaron en un hostal que encontraron tras una búsqueda cuidadosa. Caminaron largas distancias para ahorrar transporte. Disfrutaron la ciudad. Compartieron experiencias. Vivieron el encuentro universitario como una celebración del arte.

Sin embargo, la alegría inicial se encontró con obstáculos inesperados.

La organización del festival presentó dificultades que terminaron afectando a varios participantes. Aparecieron nuevas exigencias administrativas cuando las delegaciones ya estaban en la ciudad. Algunos estudiantes tuvieron problemas relacionados con acreditaciones y documentos. Además, desaparecieron espacios que históricamente habían sido fundamentales para el crecimiento de los grupos: talleres de formación y jornadas de retroalimentación después de las funciones.

El ambiente comenzó a tensarse.

Los integrantes de Unicornio sintieron que el teatro universitario estaba siendo tratado como un asunto secundario. Hablaron con representantes de otras universidades. Descubrieron que muchos compartían la misma preocupación.

Entonces ocurrió algo que, curiosamente, parecía sacado de la misma obra que iban a presentar.

La pieza se llamaba El nacimiento del juglar.

La historia gira alrededor de un personaje que alza la voz frente al poder, utiliza la sátira para cuestionar injusticias y se convierte en portavoz de quienes normalmente no son escuchados.

De alguna manera, los estudiantes terminaron reflejando ese mismo espíritu.

Directores y delegaciones expresaron sus inconformidades. Defendieron los espacios de diálogo. Reclamaron condiciones más adecuadas para el encuentro artístico. El teatro dejó de ser únicamente representación para convertirse en una práctica viva.

Y después llegó el momento de salir al escenario.

La obra había cambiado mucho desde Cali.

Los personajes evolucionaron. La estructura se fortaleció. La música dejó de acompañar la historia para convertirse en parte de ella. Los actores incorporaron referencias cercanas al contexto local de Bucaramanga y construyeron una relación inmediata con el público.

Las risas aparecieron en los momentos precisos. La conexión fue evidente.

Pero nadie imaginaba lo que vendría después.

Cuando llegó la ceremonia de premiación, el grupo asistió sin grandes expectativas. Incluso habían llegado a pensar que no participarían oficialmente en la competencia debido a las dificultades previas.

Por eso la sorpresa fue absoluta.

Las nominaciones comenzaron a anunciarse una a una:

Mejor obra.

Mejor actriz.

Otras categorías.

Ninguna mención para Unicornio.

Hasta que llegó el turno de Mejor Actor.

Entonces pronunciaron el nombre de Julián Yarpaz.

La incredulidad recorrió al grupo.

Y segundos después llegó la euforia.

Julian Yarpaz y Wilson Caicedo, director del Grupo de teatro Unicornio

No era únicamente un reconocimiento individual. Era la confirmación de que todos aquellos meses de trabajo tenían sentido. Era el resultado de ensayos, discusiones creativas, sacrificios económicos y apuestas colectivas.

Los jurados señalaron aspectos técnicos por mejorar. Hubo observaciones sobre el maquillaje, afectado por las altas temperaturas de Bucaramanga y las exigencias físicas de una puesta en escena que incluía acrobacias. También destacaron fortalezas actorales y la potencia de la propuesta artística.

El premio quedó en las manos de Julián, pero la celebración pertenecía a todos.

Tal vez por eso, cuando habla de aquella experiencia, rara vez se detiene en el trofeo.

Prefiere hablar del teatro.

Habla de cómo llegó a su vida en un momento difícil. De cómo encontró en el escenario una vía de escape. De cómo aprendió a expresarse mejor. De cómo fortaleció habilidades que hoy le sirven como futuro comunicador social.

Habla de su madre, Doris Maricel Pantoja Acosta, cuyo orgullo considera uno de los mayores reconocimientos que puede recibir.

Habla de los niños con quienes trabaja en procesos de formación artística.

Habla de colectivos, cineclubes, zancos, proyectos culturales y espacios donde los jóvenes pueden encontrarse para crear.

Porque para Julián el teatro nunca fue únicamente una actividad extracurricular. Es una forma de entender el mundo. Una herramienta para cuestionar. Una escuela para aprender a escuchar.

Un escenario donde las personas descubren capacidades que desconocían.

Quizá por eso su reflexión final tiene la fuerza de quienes han vivido la experiencia desde adentro.

Dice que el arte no está hecho para generar dinero.

Está hecho para vivir más.

Y mientras en Pasto se preparan nuevos encuentros teatrales y las luces del Teatro Imperial esperan recibir a decenas de grupos universitarios, la historia de Julián Yarpaz recuerda algo fundamental: que detrás de cada premio hay un proceso humano mucho más grande que cualquier trofeo.

Porque los reconocimientos terminan guardados en una vitrina.

Las experiencias, en cambio, siguen actuando mucho después de que cae el telón.

En algún lugar entre Cali y Bucaramanga, entre los ensayos, las ventas de hornado, las caminatas hacia la universidad y las noches de función, nació algo más importante que un premio nacional. Nació la certeza de que el arte sigue transformando vidas. Y mientras existan jóvenes capaces de convertir sus dudas en creación y sus dificultades en escenario, siempre habrá un juglar dispuesto a contar nuevas historias.

Escuche el siguiente diálogo con Julián Yarpaz en nuestro podcast de Innovación a Tierra: